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El sutil despertar del colibrí
Ser grande o ser pequeño, ser sabio o ignorante, ser bello o feo, ser pobre o ser rico, amar a la naturaleza o explotarla, ser violento o buscar la paz; son los grandes dilemas que confrontan los humanos en la vida cotidiana.
Las situaciones contrarias son las que mueven las fuerzas motrices sociales para cambiar, retroceder, evolucionar, involucionar, transformar, renacer o morir. La contradicción encierra el juego de la unidad de los opuestos y es la dinámica del cambio en la naturaleza y en la humanidad.
Soñar no es estar dormido o despierto, es la esencia viva de la imaginación que teje con paciencia o con asombro el ritmo musical armónico, que surge de la unidad del caos y el orden. La armonía es el verdadero balance donde el equilibrio es la muerte. No podemos vivir sólo durmiendo; necesitamos la luz de la conciencia. El despertar inicia el camino de los sueños para construir el futuro.
En el amanecer, el rocío se confunde con el néctar de los lirios, crisantemos y orquídeas. Mis ojos observaron cómo los diminutos pajarillos, con su pico largo y su lengua tubular, succionaban amorosamente las flores que crecían sobre las rocas y el verdor de la montaña. Se trataba del colibrí, sigiloso, y sutil, que respetaba la quietud de las flores y permanecía silencioso sin alterar el arco iris que despliegan de las mariposas durante su vuelo.
En la copa del Ceibón vi posarse, en una de sus ramas, al águila harpía, recordé que este nombre deriva del griego “harpe” que según la mitología, se refiere a un ave de presa monstruosa con afiladas garras, rostro de mujer y cuerpo de buitre atemorizante. Tenia un metro de largo y su longitud contrastaba con la del pequeño colibrí de apenas cinco centímetros.
Al ver aquellas dos imágenes, me pregunté: ¿Qué es más hermoso lo pequeño o lo grande? La respuesta era compleja, porque descubrí que lo estético no tiene que ver con el tamaño, ni con la forma; por el contrario puede ser tan bella la bacteria, una mariposa, un alacrán, o un colibrí; como el águila, el gorila o el elefante.
Lo estético está en el sentimiento, en el amor a la vida. Lo que hace despreciable al águila no es la imagen ni el tamaño sino la visión antropomórfica cargada de ideología. Las garras del águila no son las mismas que las garras del imperio. No tiene ninguna justificación la violencia contra pajarillos, venados, elefantes, indígenas y nativos de los pueblos originarios; porque puedan ser considerados inferiores o salvajes
La belleza es algo inherente al sentimiento, a la espiritualidad y a la cultura del ser humano. Es inspiración, amor y solidaridad planetaria. Ningún gorila, águila o serpiente son símbolos de poder ni el colibrí es despreciable porque es pequeño. Son las falsas ideas incubadas en la red del odio y del poder donde la lógica del capital corroe nuestro corazón y nos guía en las decisiones
Sin embargo, me quedé extasiado con el pajarillo más pequeño de mundo. El poder hipnótico de lo pequeño y el aroma del bosque anestesió mi conciencia fisiológica y la ternura fue la luz que me orientó hacia el lugar donde los pájaros eran los rayos del sol y los nidos eran la gran casa del planeta.
Me sentí y me transformé en colibrí. Mi conciencia gritó: serás libre como el colibrí que muere al ser prisionero. La voz continuó más tierna y me invito a succionar el néctar de una flor que nace de las entrañas de la tierra. Sentí mi corazón como si fuera el más pequeño en el mundo, que late quinientas veces por minuto en la quietud del descanso y mil veces en un minuto de amor en el cuento de las mil y una noches.
Mis manos dejaron de temblar, de ser garras, se volvieron tiernas, estreché las manos y abracé a todas y todos los seres humanos y percibí su ternura; tenían la vibración sutil de las alas del colibrí. Eran fuertes en su amor solidario; porque no pudieron empuñar el fusil, la metralla, alzar el machete, apretar los botones de las bombas nucleares, detonar los explosivos, fracturar y herir las rocas en las excavaciones y lagunas mineras, mutilar los árboles y los animales y torturar los cuerpos y mentes de los humanos. La ternura inundó la conciencia y dejamos de ser genocidas bélicos: asesinos de la naturaleza y de la humanidad.
La paz y el gozo espiritual penetraron en todo mi cuerpo saturado en el balance armónico de la tierra, fuego, aire, agua y energía. El sentimiento estético fue más profundo porque la belleza es el entrañable amor a la vida que alimenta la esperanza.
Millones de voces de todas las conciencias humanas en forma sutil me hicieron sentir que mis alas eran peinadas con la ternura del viento que nutre el bosque cuando vive extasiado por la belleza de los pequeños colibríes.
El despertar fue el comienzo del sueño más hermoso de mi vida. Empecé a vivir en el nuevo mundo solidario y humanizado del planeta donde el mundo de paz y justicia se llama “colibrí”
Tegucigalpa, diciembre de 2007.
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